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La paranoia colectiva y una apestosa historia.

  • Foto del escritor: Michael Maldonado
    Michael Maldonado
  • 6 may 2020
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 6 may 2020

Las personas cercanas a mi pueden dar fe, que desde hace años para entrar a mi casa tengo la costumbre de pedirles que se retiren los zapatos. Lo hago por diversos motivos; energéticos, vibras y sobre todo por higiene. Me ha resultado raro ver como la gente puede entrar a sus domicilios viniendo desde un ambiente incierto que es la calle, donde hay saliva, sudor, caca, sangre, flema y un sin número de sorpresitas microscópicas que podríamos ingresar a nuestro hogar por medio de los zapatos.

En una ocasión un pana trajo a mi casa, un par de amigas de él. Cuando llegaron a la puerta, las saludé y con una sonrisa les pedí que se retiren los zapatos al entrar, sorprendidas, se miraron entre ellas, se quitaron los zapatos y como si yo no estuviera a menos de dos metros de distancia, dijeron: ¡Qué raro este man!

Como diría un viejo filósofo griego:

"¿Y ahora? ¿Y ahora que me puedes decir bitch?" Bueno, la verdad tenían razón con lo de raro, no las juzgo.


No es que siempre quiera hablar de dientes, pero permitan me contarles una historia que envuelve; mentes, dinero y bocas apestosas:

Existe data que los antiguos egipcios entendían la necesidad de una buena salud oral y su relación con la salud en general. Desde esos tiempos, las pastas dentales eran utilizadas como algo común en el día a día. Muchas a base de tiza, miel, partes de cristal y otras locuras. No fue sino hasta mediados de los años cincuenta que la compañía americana Crest, añadió un ingrediente esencial que revolucionaría la forma que se verían las cremas dentales. Crest tuvo la ingeniosa idea de agregarle a su fórmula nada más y nada menos que detergente espumoso, lo cual le daría al consumidor la “impresión” que sus dientes estaban más limpios y brillantes que nunca. Pocos años después vendrían los sapos de Colgate a usar su receta y aumentarle otro ingrediente a la fórmula: "La menta" para darnos ese aliento fresco y de limpieza que es como relacionamos el cepillado dental hasta la actualidad.

Se ha comprobado que la presencia de la espuma tanto en el jabón como en las pastas dentales tiene cero incidencias en la eliminación de bacterias o microorganismos. La espuma no es nada más que burbujas llenas de aire, pero como son visibles y están relacionadas con la idea de limpieza, nos hace sentir más seguros y limpios. Es definitivamente un simple factor psicológico, por el que todos caemos.

En la actualidad existe el boom de las ventas de guantes, trajes espaciales, viseras, gorras del chavo y un sin número de artefactos que nos prometen dar mucha más seguridad y protección en contra del actual virus.

Tal como con el papel higiénico y las compras desesperadas, nos damos cuenta que la paranoia colectiva puede ser un instrumento genial de marketing (político también, pero eso está para otro artículo).

Parece difícil creer en nuestra poca capacidad de cuestionar nuestras acciones. ¿Hacia dónde van las millones de botellitas de gel, productos de limpieza, cabinas de sanitización, alfombras para limpiarse los pies, etc.? No estoy aquí para cuestionar su efectividad, pero ¿qué tan necesarias son?

No me sorprendería que mañana la compañía Halls saque una menta con amonio cuaternario y cloro, y que la gente comience a comprarla para chuparlas y bajar las posibilidades de contraer este virus o que la cervecería nacional nos venda la nueva chela tapa morada con doble alcohol y eucalipto. Considero que las personas estamos en la necesidad de cuestionar absolutamente todo (incluyendo esto que escribo), ya que de otra forma estaremos destinados a que nos causen y causar daño a nuestro entorno en global, por seguir las tendencias y corrientes.

Entiendo que el miedo es enceguecedor y puede bloquear nuestra habilidad de cuestión. Pero paremos por un segundo antes de comprar algo y dejemos de consumir a lo pendejo. Estamos luchando contra un Virus microscópico que ya está en el ambiente y lamentablemente vino para quedarse. En mi clínica odontológica nos estamos tomando una hora y cuarto por cita programada, de las cuales treinta minutos (por exagerar) debe ser que me toma ver un paciente y el resto del tiempo lo uso para distanciarme, explicarle la importancia de su tratamiento y esterilizar cinco veces absolutamente todo. Pero aparte del traje de teletubbies que uso y el casco de astronauta, no es que las normas de seguridad hayan cambiado tanto. Los protocolos para evitar generar una contaminación cruzada siguen siendo los mismos de hace años, ya que la forma de propagación de los virus ha sido conocida (por lo menos lo que en la actualidad se conoce) desde hace mucho tiempo. Solo que ahora los profesionales de la salud se ven por fin en la necesidad de implementarlos a conciencia. Siendo el mayor destructor de este tipo de patógenos la limpieza de las manos, el distanciamiento social y ver a cada paciente como si fuera tu madre, hermano o tu mismo y desde ese concepto actuar. Todas nuestras acciones tienen una reacción, pensemos cinco veces antes de comprar algo, que para nosotros es fácil botar y luego "desaparecer" de nuestra vista las cositas que en unos meses ya no tengan utilidad, pero para el medio ambiente no lo es. Se quedan por ahí por mucho tiempo, y recuerda que si estas comprando una nueva visera (o tres por "si acaso") capaz le estés comprando un nuevo sombrero transparente a un delfín que no pidió usarlo.

Nota: La foto que ves es parte de un hermoso cuadro que pintó y me regaló mi amiga, colega, artista, yogi, Anita Belén Gaibor en el año 2018 como terapia después del fallecimiento de su madre. De mis pocas posesiones personales, una de las más valiosas. Entonces aprovecho ahora públicamente para darle las gracias.




1 comentario


yuledidiaz
06 may 2020

Tan cierto. Buen escrito 👌🏻

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©2020 por Michael Maldonado.

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