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El día que la muerte le dio cátedra de vida a un calvo.

  • Foto del escritor: Michael Maldonado
    Michael Maldonado
  • 20 abr 2020
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 22 abr 2020


Era una mañana de enero en el año 2016. Me despiertan el montón de mensajes de Whatsapp. Cuarenta y seis mensajes nuevos. Dos eran de mi padre,con la imagen de un cristo deseándome buenos días, mientras los otros cuarenta y cuatro eran del grupo de mis ex roommates y amigos de Boston.

Intento subir hacia el inicio de la conversación, mientras lo hacia  iba husmeando el chat a ver si había una foto picara o chiste, pero no era así. Mas bien veía  caritas tristes y palabras consoladoras tratando de dar ánimos a uno del grupo. Llego al mensaje inicial, enviado por mi amigo Balta: “chicos un dolor en el estómago me obligó a ir al médico y tengo cáncer etapa 4, es terminal”.


Baltazar había sido mi gran amigo durante el 2009 al 2013, tiempo que viví en la ciudad de Boston. Cuando eres un extranjero joven, muy lejos de casa, las convivencias y los apegos se multiplican, la soledad y la sed de aventura vuelven a las relaciones de amistad mucho más intensas y vivenciales.

Parecía haber conocido a este chileno culiao por muchos años. Era un tipo alto de contextura un tanto gruesa sin llegar a la gordura, ojos verdosos tirado a azules con una brillantez digna de un ingeniero solar. Pausaba antes de emitir un criterio, de esos panas que te hacen entender que las conversaciones no son una carrera de caballos tercos, si no mas bien un desfile elaborado de pensamientos.

Unos años posterior a mudarme de vuelta a Guayaquil, tuve el agrado de recibirlo en mi casa. Me explicaba acerca de su crisis existencial mientras yo le platicaba de la mía. Después de una larga charla con un ron barato en Montañita, concluimos que le vendría  bien dejar su vida actual e irse a viajar por el mundo, ya había luchado en vano por la custodia de su hijo  que para ese momento debía tener unos 7 años. La vida no había sido fácil para Balta, entonces; ¡era tiempo de cambios!, era momento de emprender su viaje. Viaje el cual comenzaría meses posteriores a nuestra conversación. Siendo uno de sus primeros destinos Asia del este para luego llegar al territorio australiano.

Me mantenía informado de su viaje por Asia, había hecho nuevos amigos, viajado gran parte del norte de Vietnam en moto. Había conocido a una australiana alta de cabello corto de la cual se había enamorado. Se mudaron a Australia por unos meses. Juntos tenían un plan; el de continuar su viaje en una Van, la cual ya tenían en su poder y la estaban convirtiendo en una casa rodante. Incluso habían adaptado un panel solar para darle energía a los artefactos del interior de la misma. Proyecto que nunca pudo concluirse ya que un molesto y agudo dolor de panza lo haría abandonar todo y volar a Santiago para estar con su familia en lo que se concluía serían los últimos meses de su existencia.


Decidí viajar a Santiago de Chile a visitarlo. Me recibieron su madre, su hermana (las cuales tuve la oportunidad de conocer en Boston años atrás en sus constantes visitas a la ciudad) y junto a ellas su novia,la australiana, que había viajado a Chile a acompañarlo.

Su casa estaba ubicada en la cima de una colina hermosa, donde podías ver la ciudad en todo su esplendor, como en una postal. Una casa mixta, de madera y cemento que más bien parecía un museo de arte contemporáneo o un lugar de retiro espiritual.

Bajando las escaleras vi descender de su habitación un joven, ya para esto muy delgado, de color de piel un tanto verdosa, que con los años vine a entender que es un signo típico del cáncer. Arrastraba consigo una especie de pedestal como esos que ayudan a sostener el suero. El cual cumplía el papel de cargar la comida liquida, ya que su estomago era incapaz de procesar los alimentos para ese momento.

En esta misma mañana, sentados en el césped de su patio comenzamos a recordar momentos y anécdotas. De allí abrimos paso a las preguntas mas personales, y empecé:

- Loco, como es la vaina con el cáncer? ¿En qué aspecto se sufre más?

Lo cual el respondió:

- La parte mas horrible de atravesar por una etapa terminal es sentir el sufrimiento de tu familia, ya que es como presenciar tu propio velorio, sin haber muerto aún.

Para lo cual después de un silencio dijo:

  • Y yo buscando tantas cosas afuera, en viajes, lugares y experiencias, cuando la felicidad siempre estuvo esperándome aquí, en Santiago, mi familia y los que me aman, ya que a la final… a la final es la familia lo único que importa.

Otro silencio se apodero del ambiente y solo se escuchaba el sonido del viento y a lo muy distante algo de los pitidos y del trafico de la ciudad. Entonces dudoso le pregunté:

-ahora que estas bien enfermo y no sabes si vas a mor…

- Balta me interrumpe y tranquilamente me dice:

¿Si no se si moriré? ¡Claro que lo sé weon!, eso lo sé y lo acepto. He llegado a hacer las paces con la idea de mi muerte. Acepto que la realidad de los seres vivos es morir. También acepto que es parte del proceso de vida. Es el proceso por el cual todos nosotros en un momento u otro deberemos atravesar. Pues si este fuera mi momento, lo aceptaría sin miedo.


He llegado a la fiel creencia de que la base de todo el sufrimiento que experimentamos como seres humanos se debe a la no aceptación del presente tal y como es, y el intento de negar esta realidad solo es una receta perfecta para más dolor. Podemos engañar al mundo externo (por un corto periodo de tiempo), pero no al ser muy inteligente que llevamos dentro. Señal muy clara que el alma es pura, transparente y sincera. Simplemente integra e insobornable.

Empecé a cuestionar en qué etapa de mi vida debería trabajar en la aceptación. Y fue obvio darme cuenta de que era:


Cuando tenía 15 años mi familia y yo habíamos ido a bañarnos al club deportivo “El Lago Capeira”, en plena tarde y con la piscina llena de gente, se me ocurre retar a mi hermano a una carrera a quien cruzaba más rápido nadando de un lado a otro. El siempre me ganaba, debe haber sido por sus largos y escuálidos brazos, y esta ocasión no fue la excepción. A menos de medio metro de la meta, al alzar mi cabeza me percato que mi hermano hacia victorioso esperándome, y a escasos metros mi padre parado fuera de la piscina viendo la carrera. Decido salir a secarme, derrotado, pero sonriendo con mi cabeza inclinada hacia el cielo y mi cabello para ese entonces largo y sambo goteando agua hacia mis hombros. Veo mi padre acercarse sonriente y me dice una de las verdades más acertadas que alguien me diría en la vida, cual Nostradamus mi padre estaba a punto de lanzarse una perla de visión futurística, pone su mano derecha sobre mi hombro y mirándome fijamente a la parte superior de la frente me dice: “Hijo, si algo vas a heredar de mí, eso será la calvicie”.

Solo los varones que hemos tenido que sufrir por la alopecia androgénica (calvicie prematura) pueden dar fe de lo duro que es el desprenderse de un elemento físico de tu cuerpo, que gracias a los estándares de la sociedad es catalogado como señal de juventud y buena apariencia física como el cabello. No es que se caiga de una sola, así no funciona, es un proceso que generalmente dura algunos años y va avisando poco a poco. Lo cual se presta para el primer paso de toda perdida en la vida: “La Negación”.

Te acomodas el pelo de un lado a otro y vives en un incómodo auto chequeo constante de la permanencia de tus pocos cabellos. No eres consciente de que en la vida lo que mas sufres ocultando es exactamente lo que más notorio se vuelve para la mirada tuya y los que te rodean . Que a lo que resistes persiste. No puedo negar que la calvicie trajo ansiedad  y frustración en su momento. Era esa negación a no querer ser “el calvo” y no llegar a ser otro cabeza de rodilla en la sociedad.


¿Por qué la negación me estaba ganando? ¿Por qué el egocentrismo humano nos lleva a sobre dimensionar nuestros problemas? Yo ahí sufriendo por la perdida de un elemento superficial de mi cuerpo y el despojándose de esta vida, sus sueños a futuro, su familia y ver crecer a su hijo. Reconocí lo cobarde y ego centrado que estaba siendo y que mi situación no tenia ni una micra de punto de comparación junto a la de él.

Me rapé la cabeza dos días después de verlo. Los tres mechones de cabello que me volé deben haber pesado unos cuantos gramos, pero mentalmente era como haberme despojado de toneladas de peso que vivían sobre mi, con ello muchas ansiedades y miedos se iban, para dar inicio a la etapa de aceptación.

Meses después de mi visita a Chile recibí el mensaje de que Balta había fallecido. Me inundó un sentimiento de tristeza y nostalgia. Pero al mismo tiempo me llenaba de tranquilidad el saber que él no estaría más en este proceso doloroso de pseudo – vivir. Me daba mucha paz el hecho de que había aceptado su propia partida. Considero que los meses que tuvo para reflexionar después de la noticia de su enfermedad le dio un tiempo considerable para mirar hacia adentro y ver a la muerte sin tanto miedo, como debería ser vista; como la cesación de los órganos y tejidos corporales. Y descubrir que la médula interna que nos conforma es inmortal. Que el cuerpo muere pero el alma no. Los seres se vuelven eternos y además viven en la mente y los corazones de las personas que llegan a ver más allá de esa cáscara llamada cuerpo. Aun en el momento que escribo estas líneas recuerdo estas importantes enseñanzas de aceptación y valentía que solo llegan de personas que han comprendido la magnificencia del ser y su eternidad.



A la memoria de mi amigo Baltazar Jiménez.








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©2020 por Michael Maldonado.

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